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El Espíritu como Naturaleza, entrevista a Hoffman.

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El Espíritu como Naturaleza, entrevista a Hoffman.

Mensaje  nena_nena el Lun Jul 23, 2012 2:21 pm

Siguiendo la línea del posteo anterior, una entrevista hecha por Escohotado a Albert Hoffman.

Albert Hofmann nació en el cantón suizo de Aargau. En 1906, en el ceno de una familia humilde que quedó desamparada por la muerte prematura del padre. Pasó su adolescencia en el banco de taller de una fábrica, como primogénito responsable de los suyos, pero le fascinaba la investigación y- a costa de no dormir- cursó simultáneamente estudios de química en Zurich, que terminó con premio extraordinario, culminando esa carrera con una tesis doctoral que hizo época (al descubrir por primera vez la hasta entonces enigmática estructura de la quitina).

Los años duros quedaban atrás, y siendo fiel a una vocación ya sentida desde niño- conocer lo operante en las plantas- aceptó un puesto de investigador en el entonces pequeño laboratorio que era Sandoz por entonces. Allí permaneció hasta su jubilación, con hallazgos que contribuyeron notablemente a hacer de esa empresa un gigante farmacológico mundial. Fruto de esos años fueron descubrimientos que llama “comerciales”-tranquilizantes y analgésicos- alternados con otros que le permitían desarrollar fármacos insustituibles durante décadas en obstetricia y neurología.

Investigaba el misterioso hongo llamado cornezuelo o ergot, cuando topó con la dietilamida del ácido lisérgico o LSD, un derivado semisintético que absorbió inadvertidamente y a partir de entonces no solo su vida sino la de muchos otros experimentarían una profunda modificación.
Jüngler y Huxley –también la CIA y la psiquiatría institucional- se apasionaron por el producto, unos creyendo que contribuía a ensanchar la cordura y otros que permitía desatar a voluntad la demencia. En cualquier caso nadie discutió que esa sustancia y varias más de su especie, descubiertas por él durante los años cincuenta – como la amida del ácido lisérgico y la psilocibina- eran el hallazgo psicofarmacológico más importante del siglo. Doctor honoris causa por Hardvard, Zurich, Estocolmo y Berlín, a mediados de la década siguiente fue invitado por la Academia sueca a pronunciar el ciclo de conferencias previas al otorgamiento de su galardón, que quedaría indefinidamente pospuesto cuando el conjunto de prometedores hallazgos se convirtió, de la noche a la mañana, en amenaza mortal para el orden establecido. Instado por el Pentágono a que colaborase en sus proyectos de armas químicas, y por la intelligentsia contracultural a hacer precisamente lo contrario- todo ello a partir de las mismas sustancias- comenzó para él una época de perplejidad, que solo apaciguaría la distancia crítica que otorga el paso del tiempo.
Hofmann vive en un lugar aislado sobre la cumbre de una colina, al que se accede por una carretera estrecha y sinuosa, donde van apareciendo pequeñas aldeas y castillos medievales, cañadas solitarias, praderas con lustrosas vacas pastando y hasta una abadía románica. Antes de entrar el anfitrión enseña “lo mejor del sitio”- un jardín de plantas raras y muy bellas donde destacan diversos tipos de trepadoras y dondiegos-, mientras comenta con cierta malicia que Moctezuma le enseñó su jardín particular a Cortés, cuando éste quiso ser conducido a su tesoro. Está convenido que daremos una vuelta, aprovechando el día soleado, y mientras Hofmann se excusa un momento, aprovecho para curiosear por la casa. En la envidiable biblioteca constato que algunos libros están dedicados por sus autores.

El delgado volumen de Las puertas de la percepción, por ejemplo, se abre con la letra elegante de Huxley y las palabras: “Para Albert Hofmann, un hombre de ciencia que puede también pensar y sentir como un artista, con amistad y admiración”. Observo lo mismo en libros de Michaux, y en las primeras ediciones de todas las obras de Jüngler.

Ya de retorno, sugiere que nos sentemos junto a la piedra miliar que marca la divisoria entre tierra suiza y francesa; desde ese punto de domina una enorme extensión de terreno, finalmente delimitada por los Vosgos alsacianos, y un providencial monte evita que se contemple el complejo fabril de Basilea, con las descomunales chimeneas de Sandoz, Roche y Ciba-Geigy.



- Acaba de publicar en alemán Einsichte-Ausblicke, Mundo interior-Mundo exterior, un breve libro de filosofía. ¿Le importaría hablar de lo que allí llama “metáfora del transmisor-receptor”?

- Si un objeto refleja ondas electromagnéticas con una longitud de onda de 0.7 milimicrons lo llamamos azul, y si se trata de ondas con una longitud de onda de 0.4 milésimas de milimetro, lo llamamos rojo. Esto significa que la percepción del color es un evento puramente psicológico, subjetivo que acontece en el “espacio interno” de un individuo, en la “pantalla” que lleva dentro. Lo mismo sucede con el mundo acústico y con el campo de la sensación en término amplios. Basta por eso alterar la conciencia individual- usando medios químicos, por ejemplo, para que emerja una realidad distinta, no familiar. Sería absurdo suponer que esa alteración en “el receptor” ha creado una modificación en “el transmisor” o “mundo externo”, que es solo un continuo materia-energía. ¿Me explico claramente?.

- No aún en las consecuencias. Parece una forma actualizada del idealismo alemán clásico.

- Pero no pretendo decir que el entendimiento conforme el mundo objetivo, sino extraer dos conclusiones básicas. La primera es que nuestra realidad no posee un estado fijo, sino una experiencia momentánea; por eso un niño lastrado con una escasa carga de memoria percibe el mundo más intensamente que un adulto. La segunda conclusión es que jamás sobrevaloraremos el poder cosmogónico de los humanos; cada individuo es un creador que debe reinventar de nuevo su propio mundo. De una y otra cosa resulta que nuestra libertad- y nuestra responsabilidad- dependen directamente de nuestra capacidad para seleccionar lo que queremos recibir del programa infinito ofrecido por el universo.

- ... y la cosmogonía subjetiva, que es una creación personal o individualizada de la realidad, se coordina con la realidad objetiva creada, y en trance de recreación, que representa el universo.

- En ambos casos es “realidad”, inmediatez de sentido, por lo cual no conviene insistir tanto en el sujeto y el objeto como en su compenetración. Usando el símil del televisor, podemos encenderlo o no, cambiar de canal, suprimir el sonido prestar especial atención a esto o aquello, pero siempre dentro de unos parámetros comparables al del artista, que inventa su obra pero no la creación. Tan pronto como el hombre asume su capacidad cosmogónica como una tarea racional, fruto de su libertad, comprende también que hay límites infranqueables para su albedrío, hechos que no pueden ser cambiados sin arrastrar a consecuencias catastróficas.

- Lógicamente.

- En vez de concebir el proceso como transmisión recepción, la corriente judeo- cristiana ha impuesto el criterio de dominación- sometimiento, siguiendo el consejo que dice; “Haz de la tierra tu sierva” Así el sublime logro de la civilización tecnológico, el confort de la sociedad industrial occidental, ha acavado por suscitar la destrucción del medio. El mal uso del conocimiento adquirido, ese defecto radical de perspectiva, hace que todos los intentos actuales de enmendar el daño con medidas de protección ambiental tiendan a ser meros parches.

- ¿Por qué?

- Porque la catástrofe no es tanto el nivel de destrucción ambiental ya alcanzado como si lo es ignorar que llegamos a esa situación por falta de coraje –y de oportunidades- para perseguir la experiencia de una realidad más profunda. Es algo parecido a un círculo vicioso, pues la experiencia de una realidad más profunda –la experiencia de la unidad esencial de toda la vida- se ve ahogada por un medio que manos humanas han exterminado, como acontece con nuestras grandes ciudades. En ellas parece especialmente evidente, necesario, el contraste entre uno mismo y el mundo exterior. Las sensaciones de una realidad dividida acompañan a la conciencia cotidiana allí donde impera la civilización tecnológica, y esas sensaciones morbosas ejercen un fuerte influjo en la literatura y el arte moderno.

- ¿De ahí el vivir desde hace tanto tiempo en una aislada casa de campo, mostrando al visitante el jardín y los paisajes abiertos como un tesoro? .

- En un medio natural y desde luego en cualquier jardín, es perceptible una realidad infinitamente más antigua, profunda y maravillosa que en cualquier cosa hecha por el hombre. Las plantas muestran con toda evidencia la inagotable y divina energía vital. Lo que se llama función clorofílica es simplemente el matrimonio entre la Tierra y el Sol, un proceso de asombrosa sencillez y eficacia, que funda el ciclo vital. Allí vemos a la luz transformarse incesantemente en atmósfera. Pero no estoy proponiendo un retorno roussoniano a la Naturaleza, que ya entonces –a finales del XVIII- reacciona ante el sentimiento de una escisión entre el hombre y la fuente de la vida. Lo necesario es que cada cual busque dentro de sí una experiencia propiamente mística, la experiencia de la vida en su unidad.

- El misticismo tiene bastante de tópico, y de ambiguo, al menos para la sensibilidad actual. La tradición llamada mística alterna himnos de alabanza a lo terreno con posturas de ascetismo puritano, orientadas a una u otra “mortificación de la carne”. Sin ir más lejos el “muero por que no muero” de Teresa de Ávila parece justamente a caballo entre lo uno y lo otro.

- Llamo “místico” al maravillarse, a la plenitud de sentido que nos embarga porque sí, quizás ante algo insignificante, a veces hasta el punto de hacernos llorar de alegría. Mi primer recuerdo de una emoción así viene del final de la infancia, mientras cruzaba el bosque por un camino ya recorrido muchas veces. La percepción rutinaria cedió paso a una unidad donde la luz, los aromas, los ruidos y las cosas brillaban armoniosamente. Experiencia mística es sinónimo de belleza conmovedora.

- Pero ¿cave sentir algo así practicando el erotismo, por ejemplo?

- Pocas cosas necesitan los humanos como una ciencia y una cultura del placer, que permitan rescatar la sexualidad de su estatuto subterráneo, o de su empleo como reclamo publicitario. Entendámonos: la nutrición es de suma importancia para el espíritu. Y ningún alimento le es tan básico como el amor en todas sus formas, empezando por la carnal. La cultura y la ciencia del placer se fundarán sobre afrodisíacos o no llegarán a existir fuera de pequeños focos periféricos. Hasta Tomás de Aquino reconoció que existimos para ser dichosos: ultimo finis vitae beatituto est. Pero conspira contra esa finalidad cualquier oposición entre cielo y tierra, alma y cuerpo, naturaleza y espíritu. Me gusta mucho una definición que leí de la belleza como promesa de dicha. La belleza es siempre un sentimiento de acuerdo, una conciencia que supera la escisión del sujeto y el objeto.

- Sino me equivoco, en esto reside el interés de ciertas sustancias con efectos visionarios.

- El genio griego intentó prevenir lo que se sigue de una realidad dividida, complementando el concepto apolíneo del mundo con la experiencia dionisíaca, y aboliendo periódicamente el dualismo mediante ceremonias de ebriedad extática (Nietzsche). Es probable que no solo en las iniciaciones báquicas, sino en los demás cultos mistéricos antiguos- sobre todo en los fundamentales, los de Eleusis- se emplearan sustancias capaces de alterar a fondo la actitud del receptor.
- Se supone que el “emisor” es Dios
- Siempre que este concepto no se emplee para embaucar. Podemos llamarlo Creación: es lo que se revela en la experiencia mística. Sea cual fuere su pretexto –un paraje, un gesto, una caricia-, esa experiencia nos sumerge en una realidad que expresa amor. Su lenguaje es la historia natural; el proceso del mundo.

- En Die Annäherungen (Acercamientos), Jüngler habla con ambivalencia de un “cristianismo joánico”, entre las actitudes posibles ante el presente.

- En el principio era el logos, y el logos era amor. La fórmula me vale. Pero me vale como asunto de experiencia, no de creencia. Creer es propio del que no se atreve a intentar percibir. Cuando se suspende el velo de rutinas aparece el “espíritu de la verdad” mencionado por el cuarto Evangelio. En esencia, el espíritu de la verdad nos hace comprender que la razón objetiva, los otros y yo, somos uno. Jesús es una criatura divina, como nosotros, y hablar del superhombre (Nietzsche) es el modo más directo de decir que necesitamos crecer. La religión común debería anclarse sobre el ciclo vital, que, como antes sugerí, es un matrimonio del cielo y la tierra.

- Sin embargo, entre el emisor y el receptor hay distintas pantallas. Algunas parecen aclararlo todo bastante, como la dietilamida del ácido lisérgico, y otras contribuyen a enturbiarlo.

- La LSD no es una droga como algunas otras.

- ¿No?

- Es inútil intentar enturbiar nada con ella. Ni el engaño propio ni el ajeno encuentran campo para desarrollarse. Lo pueblos que siguen comulgando periódicamente con sustancias afines, se preparan y purifican de algún modo (abluciones, ayuno, otras abstinencias) antes de suspender lo rutinario y decidirse a viajar. No es un pasatiempo, y quien incumpla la regla se arriesga a una experiencia aterradora.

- Graves llamó “impiedad” al uso frívolo de fármacos visionarios, y Michaux dijo que el riesgo era “perder el alma”. Pero Huxley insistió en que los viajes “aterradores” podían ser espiritualmente tan útiles como los beatíficos.

- Eso depende de las personas. Estoy con Pasteur cuando admitía el papel del azar en los hallazgos, reconociendo al mismo tiempo que solo favorecen a los espíritus preparados. La toxicidad –es decir la proporción entre dosis activa y dosis letal- no ha llegado todavía a determinarse en el caso del LSD, pues se conocen casos de personas que han llegado a ingerir de golpe seiscientas dosis sin sufrir otra cosa que el susto inicial y no hay ni un solo caso de intoxicación con resultado de muerte. Orgánicamente es asombroso que pueda inducirse una experiencia psíquica de tales proporciones con tan mínimas secuelas fisiológicas. Empleando LSD pura los peligros son mentales exclusivamente, pero no puedo estar de acuerdo en que los viajes aterradores puedan ser tan fructíferos como los otros; además de la preparación, que es esencial, hay muchas personas incapaces por constitución de asimilar este tipo de experiencia provechosamente. Si alguna vez vuelve a autorizarse el uso médico de esta sustancia- como empiezan a reclamar psiquiatras e investigadores de todo el mundo- dichas personas serán excluidas de ante mano, evitando así episodios inútilmente desagradables. Con esto no quiero decir que puedan disociarse momentos de plenitud y momentos de desamparo (lo que Huxley llamó cielo e infierno en el transe visionario), sino tan sólo que cierto porcentaje de la humanidad no sacará provecho alguno desempolvando las puertas de su percepción.

- Algunos ven a la LSD como a un alimento espiritual capaz de llevar incomparablemente más lejos que ningún otro psicofármaco. Con todo ¿cómo se entiende la bajada que pone fin al viaje?

- La LSD pura no induce bajada. Ese efecto proviene de la anfetamina añadida, de otros adulterantes o de que el químico no ha logrado sintetizar exactamente la dietilamida del ácido lisérgico. A las ocho o diez horas, lo normal es que se produzca un estado de relajación seguido por un sueño tranquilo, sin desasosiego ni agotamiento depresivo.

- ¿Sería indiscreción preguntar cuantas veces a tomado LSD?

- Hace falta tiempo para prepararse adecuadamente, y más tiempo aún para asimilar la experiencia. Habré hecho unos treinta ensayos.

- Treinta ensayos en cincuenta años... Leary y otros recomendaban un uso semanal, o cuando menos mensual.

- Leary es un payaso. Simpático, pero payaso.

- También ha descubierto Uds. la psilocibina, otro fármaco de esa familia, y supongo que ha experimentado con él.

- Bastante menos veces. Aunque sea muy interesante, prefiero la LSD.

- ¿Y la MDMA o éxtasis?

- Probé en California, hace cuatro años. Tiene una sorprendente capacidad para estimular la comunicación y generar afecto. Un afrodisíaco en sentido amplio, no genital, de una toxicidad no despreciable.

- ¿No le parece una LSD sin aristas, la droga psicodélica de una era caracterizada por sucedáneos?.

- Es menos claro como vehículo de experiencia. Si se compara con la LSD, la psilocibina o la mescalina, no es inexacto llamarlo sucedáneo. Sin embargo, parece un fármaco útil para varias cosas; desgraciadamente, la legislación actual impide investigar hasta que punto lo es o no.

- Esto me recuerda la sentencia de Paracelso: sola dosis facit venenum.

- La frontera entre lo útil, lo inútil y lo perjudicial depende evidentemente de la dosis. Y no solo de dosis singulares, sino de su frecuencia por unidad de tiempo.

- El caso es que comenzamos hablando de filosofía, y temo haber caído en el tópico de preguntar aquello que todo el mundo le pregunta.

- Puede decirse que ciertas sustancias están ahí para ser ensayadas o evitadas, no para disertar simplemente. Pero es también oportuno promover una cultura farmacológica que sustituya a la barbarie reinante. Por lo demás prefiero hablar de filosofía.

- He sacado en limpio que, a su juicio, estamos inmersos en una sociedad tecnológica hostil a las revelaciones místicas. Aunque tecnología y misticismo no son cosas incompatibles.

- Desde luego

- Como no son incompatibles espíritu y naturaleza

- Desconozco espíritus distintos de los que alberga la naturaleza.

- Ahora, a sus noventa años, ¿echa de menos alguna época previa?

- Fui saludable de niño y de muchacho, pero desde que empecé a encontrar mi camino –mi camino como investigador, mi vida adulta de relación con otros- tuve siempre algo parecido a la sospecha de que no estaba sano del todo, de que adolecía de algo. Solo cuando me acercaba a los ochenta años empecé a sentir que iba curándome de esa parcialidad, y ahora me encuentro casi perfectamente bien. Estoy seguro de que cuando me encuentre bien del todo habrá llegado el momento de morir...


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Re: El Espíritu como Naturaleza, entrevista a Hoffman.

Mensaje  Kaban el Miér Jul 25, 2012 12:58 pm

Me pareció muy copado el viejo Hoffman.

Gracias, Julia!

Buena nota, aunque me pareció que el periodista (si bien lo admite) le interesaba más la droga que la filosofía y siento que Albert tenía bastante más para decir..
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